Después de tocar canciones de amor,
con mi desvencijado piano,
y de saborear tu pálida luz,
he comprendido que tarde o temprano
he de dejarte marchar.
Ha sido una quimera pensar siquiera
tenerte entre mis brazos,
dejar sin tu reflejo el tranquilo estanque,
de alegres lirios y dormilones peces,
solitaria y pálida luna.
Una noche te subiré en mi barca
y entre el balanceo del agua,
cortaré el hilo de plata,
y contemplaré entre orgulloso y triste,
tu suave ascenso
hasta el infinito cielo.
Gerardo Rivas.

