nítidos y relucientes como el reflejo
sobre el agua de un rayo de luna,
ahora los sonrientes y los tristes
permanecen en calma, todos juntos
sin distinciones de fases ni etapas.
Estoy en paz con mis edades,
sin reproches ni arrepentimientos,
he encerrado en un armario
los desechos de mi vida,
vagando este espíritu mio,
como la hoja que lleva el viento,
entre tomillos y romeros,
indomable e inconformista,
en la plenitud dorada de mi otoño libre.
De la vida espero morir amando y amado,
todos los días, a todas horas,
y pido me proteja con su encriptada mano,
del dolor, la tristeza, y ante todo,
del paisaje yermo de un amor en soledad.
Gerardo Rivas
